ReINgeniería de Vida para Crear Abundancia, Bienestar y Libertad desde Tu Esencia

miércoles, 26 de septiembre de 2007

Regalos de la vida

Las personas son regalos que la vida me ha dado. Ya vienen envueltas, algunas en forma muy bella y otras de una manera menos atractiva.

Algunos han sido maltratados en el correo; otros llegan como "entrega especial"; algunos llegan envueltos, otros cerrados con gran rigidez.

Pero la envoltura no es el regalo y es importante darse cuenta de esto.

Es muy fácil equivocarse en este sentido, juzgando el contenido por el estuche.

A veces el regalo se abre con facilidad, otras se necesita la ayuda de otras personas.

Tal vez porque tiene miedo, quizás han sido heridas antes y no quieren ser lastimadas de nuevo.

Puede ser que alguna vez se abrieron y luego se olvidaron en un rincón.

Quizás ahora se sienten más bien como "cosas" que como seres humanos.

Yo soy una persona, como las demás, también soy un regalo.

Poseo una bondad que es sólo mía y sin embargo algunas veces tengo miedo de mirar dentro de mi envoltura.

Tal vez temo decepcionarme, quizás no confío en lo que llevo dentro.

Pudiera ser que en realidad nunca he aceptado el regalo que soy.

Cada encuentro y comunicación entre personas es un intercambio de regalos.

Mi regalo soy yo, tú eres tu regalo. Somos obsequios de la vida, unos para otros.

Es difícil pensar en ocasiones, que aquel que me ha lastimado es también un regalo, pero si vemos la ofensa como una envoltura maltratada y no nos quedamos con ella, seguramente encontraremos un hermoso regalo, pues de cada suceso se tiene una enseñanza para crecer en amor y en nuestra fe...

Nosotros mismos podemos tener una envoltura tan maltratada por el tiempo y las circunstancias, pero lo que llevamos dentro siempre será hermoso, pues quien lo puso ahí es nuestro deseo de vivir, sólo tendríamos que ver hacia adentro y estar listos para darnos.

Descubre en tu interior los dones con los que naciste y se el digno regalo para los que te necesitamos.

Fuente: Autor desconocido

Ser criticado

¿Miedo a la crítica? Anótelo: en la mayoría de las personas este miedo se ubica entre los de primer rango. ¿Por qué? Porque, instintivamente, como animales gregarios que somos, sentirnos criticados nos hace tener miedo de ser excluidos de la manada.
Y,en el reino animal esto significa quedar más expuesto a los depredadores, deambular sin territorio (sin agua ni comida), perder posibilidades de apareamiento ...
Cuando uno teme a la crítica, entonces, en principio reacciona desde lo más primal que rige nuestra conducta. Así, por largo tiempo, mientras adultece, el animal humano va tratando de adaptarse a los parámetros del sistema (aunque más no sea agrupándose con quienes se oponen al sistema!).
Fracciona su identidad, escondiendo partes de sí para no ser exonerado, rechazado, excluido... criticado.

Pero en algunas personas existe una fuerza peculiar que les lleva, -o bien desde siempre, o bien promediando la mitad de la vida-, a, de todos modos, tomar el riesgo de ser diferentes, aunque esto signifique quedar expuestos a la crítica.
Hablamos aquí de quienes han decidido convertir su propia vida en un peregrinaje.

Sí: los antiguos le llamaban "Camino", al proceso de consolidar la propia identidad, desde lo más esencial de sí (o sea, más allá de los condicionamientos del entorno). Y el problema es que si alguien se convierte en un verdadero individuo, será, por definición, diferente, porque en la periferia todos estamos formateados por el sistema imperante, pero en lo más profundo
NO: allí cada uno de nosotros es esencialmente único (una modesta nota peculiar en la Gran Partitura de la Creación).

Hay quienes al ver al que Camina se sienten propulsados a caminar también. Pero hay quienes apedrearán al "raro", también instintivamente, como si tuviera una peste que pudiera "contagiar a la manada".

De modo que es bueno saberlo: cualquiera que haya decidido apostar sus días a Caminar, necesita estar preparado para las críticas.
Algunas le servirán de espejo: es inteligente escucharlas.
Otras serán una buena prueba para medir cuán comprometido se está con el Camino como para no dejarse desviar por ellas.

Justamente, las críticas de quienes están inmersos en la locura del sistema serán un buen indicio de aquello que se adjudica erróneamente al Quijote: "Ladran, Sancho. Señal de que cabalgamos...". Tan viejo es este tema que así lo dijo hace miles de años Lao Tsé:


Cuando el sabio oye hablar del Camino,
trata de vivir en armonía con él.
Cuando el hombre normal oye hablar del Camino,
sólo lo comprende en parte.
Cuando el loco estudia el Camino
se ríe de él.
Sin embargo, si el loco no se riera
no sería el Camino.
Por tanto, si buscas el Camino
escucha la risa de los locos.


Lao Tsé

Fuente: Vitaminas para el alma

Un duelo... duele

Es natural: un duelo... duele. Pues con cada instancia que "duelamos" (alguien que muere, una separación, irse del terruño, perder un amigo...) duelamos, entre otras muertes, una muy puntual: la nuestra. Y esto es, inclusive, inclusive un hecho a nivel biológico: nuestro cerebro está tejido, como un macramé, por finos hilos a los que la vida da forma. Cuando algo concluye, una parte de nuestro cerebro se ve obligada a destejerse, como un abrigo que ya no usaremos. Sin embargo, las hebras de ese abrigo no tienen que ser descartadas: con esos mismos hilos necesitaremos tejer una nueva forma interna, un nuevo tramo de vida, una nueva identidad.

Sin embargo, cuando acontece una pérdida, la sensación puntual puede ser la de "nunca más": nunca más reiremos, nunca más respiraremos a pleno, nunca más estaremos con nadie, nunca más saldrá un canto desde nuestros labios... Y es natural que así nos parezca: un duelo... duele. Pero, por favor, no olvidemos que es necesario conservar al menos un pedacito de sí ajeno a esa auto-muerte: una parte que no crea en esos argumentos definitivos que el duelo impone... Permitirse, sí, estar turbado y confuso, incinerarse por dentro, y tirar fotos y papeles, y guardar lo guardable, y enojarse, y encerrarse, y salir, y volver a encerrarse... Porque es natural: un duelo... duele. Pero hacer lo imposible (y pedir ayuda si la necesitamos) para que esa parecita interna permanezca sobria, excenta de la negrura, recordándonos, desde en algún lugar recóndito, que la Vida reclama su continuación en nosotros, aunque no sepamos cómo hacerlo (la Vida misma nos lo irá diciendo). .

Antiguamente se le llamaba "duelo" a esa instancia en que dos "caballeros" se citaban, cada uno con un arma, caminaba en dirección opuesta, dándose la espalda, y a la voz de "ahora" se disparaban mutuamente (triste costumbre aquélla...). También en un duelo interno dos partes están en pugna: una que quiere morirse con lo que ha muerto, y otra que es esa partecita que implica nuestra conexión con la Vida. Es indispensable que la segunda se salve, haciendo oír su voz cada vez más nítidamente a medida que el proceso de duelo se elabore. Y la parte nuestra que muere con lo que se ha ido, resucitará bajo una nueva forma, en la nueva identidad que necesitaremos construir. Será indispensable darse el tiempo justo, hasta saber que es imperioso ya volver a la vida. Ésa será nuestra propia resurrección: el dolor del duelo, transformándonos. Millones de humanos la han vivido o la están viviendo ahora, al leer estas palabras (¿es ése su caso?). De modo tremendamente nítido describió su propio proceso Octavio Paz:


DESPUÉS

Luego de haber cortado todos
los brazos que se tendían hacia mí;
luego de haber tapiado
todas las ventanas y puertas;
luego de haber inundado
con agua envenenada los fosos;
luego de haber edificado mi casa en la roca
de un No inaccesible a los halagos y al miedo;
luego de haberme cortado la lengua
y luego de haberla devorado;
luego de haber arrojado puñados de silencio
y monosílabos de desprecio a mis amores;
luego de haber olvidado mi nombre
y el nombre de mi lugar natal
y el nombre de mi estirpe;
luego de haberme juzgado
y haberme sentenciado
a perpetua espera y a soledad perpetua,
oí, contra las piedras de mi calabozo de silogismos,
la embestida húmeda, tierna, insistente,
de la primavera.

Octavio Paz


Fuente: Virginia Gawel & Eduardo Sosa para Vitaminas para el alma
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